La Promesa: El regreso de Alonso desata la verdad enterrada y marca el principio del fin de Leocadia
En La Promesa, hay regresos que no traen alivio, sino ruina. Y el de Alonso será uno de esos momentos que cambian el curso de la historia para siempre. Tras días de ausencia inexplicable, el marqués vuelve al palacio cargando un secreto devastador, uno capaz de destruir a Leocadia y de hacerla pagar, finalmente, por cada manipulación, cada silencio comprado y cada crimen oculto bajo la alfombra del poder.
Durante semanas, su desaparición fue un enigma. Nadie supo a dónde fue, con quién habló ni qué estaba buscando. Pero Alonso no se marchó por capricho. Se fue a investigar. Y lo hizo en silencio, lejos del alcance de Leocadia y Lorenzo, consciente de que cualquier paso en falso podría costarle la vida… o la verdad.
Mientras tanto, en el palacio, Manuel vivía atrapado en la frustración. La desaparición de Catalina parecía un callejón sin salida: pistas inconexas, testimonios ambiguos y un miedo creciente a que el tiempo jugara en su contra. Fue entonces cuando una llamada anónima rompió la rutina. Una voz grave, firme, cargada de advertencias, le confirmó lo impensable: alguien sabía dónde estaba Catalina, pero el peligro era real y los enemigos, demasiado astutos.
Manuel decidió confiar. Sabía que no estaba tratando con improvisados, sino con gente que había movido piezas durante años sin dejar huella. Aun así, prometió cubrir cada movimiento. Recuperar a Catalina era la prioridad absoluta, incluso por encima de su propia seguridad.
Ese mismo día, Leocadia comenzó a sospechar. Algo en la actitud de Manuel no cuadraba. Demasiada tensión, demasiadas evasivas. Su intuición —esa que rara vez falla— le gritaba que algo se estaba gestando a sus espaldas. Y como toda estratega experimentada, decidió adelantarse. Sin perder la compostura, acudió a Lorenzo.
La conversación entre ambos confirmó sus peores temores. La ausencia de Alonso no había sido casual. Su regreso silencioso, seguido de llamadas misteriosas y movimientos discretos, apuntaba a una investigación mucho más profunda. Catalina dejaba de ser un problema lejano para convertirse en una amenaza directa.
Leocadia reaccionó con frialdad calculada. Ordenó vigilar cada paso de Alonso, rastrear sus contactos, interrogar discretamente a empleados, cocheros, posaderos. Nada debía quedar al azar. Porque si Alonso había descubierto algo, el castillo de mentiras podía derrumbarse de un momento a otro.

Pero lo que Leocadia ignoraba era que Alonso ya había llegado demasiado lejos.
En un lugar apartado, lejos del palacio y de las miradas indiscretas, Alonso se enfrentó a la verdad más cruel. La tierra removida, el testimonio de un campesino aterrorizado, el silencio pesado del lugar… Todo conducía al mismo desenlace. Catalina no estaba desaparecida. Había sido asesinada.
El golpe fue devastador. No hubo gritos ni lágrimas inmediatas, solo una certeza helada que se instaló en su pecho. Catalina no murió por azar. Fue silenciada porque sabía demasiado. Porque estorbaba. Porque representaba un riesgo para quienes creían controlar La Promesa desde las sombras.

A partir de ese instante, el dolor dio paso a la determinación. Alonso unió cada pieza: pagos encubiertos, órdenes secretas, movimientos de Lorenzo, miradas esquivas de Leocadia. Todo encajaba con una claridad aterradora. Ya no había dudas. Había culpables.
El regreso al palacio no fue discreto. Alonso volvió acompañado de autoridades, con un dosier completo bajo el brazo. La atmósfera cambió al instante. Sus pasos resonaron como una sentencia. Lorenzo y Leocadia lo supieron incluso antes de verlo: el juego había terminado.
La confrontación fue breve, brutal y definitiva. Alonso no pidió explicaciones. No buscó excusas. Entregó las pruebas, expuso cada crimen y señaló a los responsables sin titubeos. Lorenzo intentó reaccionar. Leocadia quiso mantener la máscara. Pero esta vez, no funcionó.
El arresto fue inmediato. Frente a empleados paralizados y murmullos ahogados, el poder que ambos ejercieron durante años se desmoronó en segundos.
La escena más devastadora llegó después. Cuando Manuel, alertado por la conmoción, se encontró cara a cara con su padre. Bastó una frase para romperlo todo. Catalina se había ido. Para siempre.
No hubo palabras suficientes. Solo abrazos rotos, lágrimas contenidas y una promesa silenciosa: la verdad había salido a la luz, pero el precio había sido irreparable.
Con Leocadia y Lorenzo derrotados, La Promesa entra en una nueva etapa. El palacio ya no es el mismo. Las alianzas se resquebrajan, las heridas quedan abiertas y el pasado, lejos de enterrarse, reclama justicia.
Porque en La Promesa, ningún crimen queda oculto para siempre… y cuando la verdad regresa, lo hace para arrasar con todo.
